
Para mucha gente la fecha a destacar en el calendario gastronómico anual es la Navidad. Nochebuena, Navidad, Nochevieja, Año Nuevo y Reyes son todas citas ineludibles alrededor de una buena mesa que además suele respetar una tradición familiar en el menú.
En mi casa no. En casa, cuando llegaban las Navidades tenías a mi madre como una pregonera de uno a otro de la familia preguntando qué hacía este año para tal comida o cual cena. Todas eran muy buenas, siempre se esmeraba y eran comidas dignas de la mejor mesa. Pero nunca se creó una tradición culinaria navideña.
Y, he aquí, que era llegar el Viernes Santo y mi madre, como toda su vida eso sí, se levantaba con las primeras luces del día, se metía en la cocina y se dedicaba a hacer la que para ella y para todos era la comida más sagrada del año.
La carne brillaba por su ausencia, por supuesto. Tan sólo los enfermos y los niños están exentos de ayunar (comer carne) los viernes de cuaresma, cuanto ni más el Viernes Santo.
El menú consistía en el potaje de Semana Santa, seguido del típico bacalao y merluza, más las tortillas de espárragos trigueros (cogidos por mi padre) y de patatas, para rematar con el arroz con leche y las torrijas. Todo un festín. El día que, para ayunar, comíamos más que ningún otro.
Pero guardo este día en mi corazón y seguirá ahí por siempre, así como mi respeto por la tradición.
Será bonito seguir adelante con las buenas costumbres.
Para rendir mi pequeño tributo al Viernes Santo, dejo aquí el poema más hermoso y emotivo que conozco dedicado a Jesús de Nazaret.

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por ello de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.
(Probablemente de Santa Teresa de Jesús, siglo XVI)
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por ello de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.
(Probablemente de Santa Teresa de Jesús, siglo XVI)