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lunes, 28 de septiembre de 2009

Esperando la luz - 10



24

Si la ilusión

es agua de la vida,
la sed secó mis labios
hace tiempo,
no hay humedad

que inunde mi garganta,
no hay un querer
hacer esto o aquello.

Me he preguntado
tantas veces en silenc
io,
me he conformado
con el dolor aprendido,
he sufrido y luchado
con denuedo
mas, no lo he conseguido.


He construido
un muro de mentiras
que engañaban

mis horas y mis sueños
y una sola mirada
me ha bastado
para que caiga al suelo.





25

AGUA LIMPIA

¡Ah, la vida!
qué oscuridad de los sentidos
y qué maravillosa luz del día.

Qué dolor que corroe lentamente
y qué contadas dosis de alegría.

Qué amarga la traición, y superarla,
pero qué dulce poder ver una sonrisa...

Al final,

el poso que la enturbia
se va hundiendo
y, poco a poco,
te devuelve el agua limpia.



Estos eran mis sentimientos hace tanto tiempo...

Hoy no me siento así, pero es hoy. Los sentimientos van y vienen como las situaciones a que nos enfrentamos. Hoy hago un alto en el camino y continuo mis vacaciones. Me siento relajada y feliz, con esa felicidad serena, exenta de efusividad pero placentera en su calma.
He querido dejar esta entrada, porque como soy muy metódica, quería seguir el orden en que se publicaron las poesías, pero así dejo constancia que de no está en mi ánimo el regodearme en las tormentas, sino atrapar el más pequeño rayo de sol.
Cuando vuelva seguiremos profundizando en la alegría y la fuerza para seguir adelante con una sonrisa.

domingo, 26 de julio de 2009

Un cálido día de verano


En estos cálidos, lánguidos y plácidos días de verano, cuando nos preparamos para las vacaciones pero parece que todo se ralentiza, me gustaría más que nunca ser capaz de coger esta sensación como si fuera un raro perfume y meterla en un frasco precioso para poder impregnarme de ella cada vez que la prisa llame a mi puerta.
El calor nos aletarga... Pero ¡cuán maravillosas son las tardes de verano! El sol empieza a ceder el turno a esa brisa deliciosa que nos acaricia, que nos lleva de la mano a las noches de verano, con su frescura, su promesa de consuelo, su aroma a sueños que nacen y sus amaneceres mágicos, regalo del cielo para los afortunados que deciden disfrutarlos.

Me siento como si el tiempo me tomara en sus brazos y me acunase, me abrazase con ternura y me insuflara las fuerzas que necesitaré para la vuelta a la vida real.
Paz, antes de las batallas que quiero emprender.
Calma, para alimentar un alma que tiene que aprender a no acelerarse sin motivo.
y Serenidad... Siempre, Serenidad.

La serenidad, ¿se aprende?
O la serenidad, ¿se busca?
La serenidad, ¿se tiene?
O la serenidad ¿se es?


lunes, 9 de marzo de 2009

SERENIDAD


Serenidad. Mágica palabra para mí.
La encontré un día en que no la buscaba. Ni tan siquiera era consciente de su existencia. Pero me tomó por sorpresa, se hizo un sitio en mí y durante un par de semanas me hizo vivir la sensación más placentera que he vivido nunca.
No había pasado nada especial. No. Al menos yo no era consciente de ello, pero de repente, mi corazón se relajó, mi alma se relajó, mi ánimo se relajó, y, al mismo tiempo, una sensación de alegría y seguridad me inundó por completo.
Tener la absoluta certeza de que todo va a salir bien, sin preguntarte continuamente ni cómo ni cuándo, proporciona una sensación de paz verdadera. Se siente que uno está donde tiene que estar y que, sea cuál sea el motivo de nuestro paso por la vida, este se está cumpliendo.
De pronto, tal y como ha llegado, esa serenidad se va, pero no de un modo traumático, sino dejándote la sensación de que existe y de que es eso lo que quieres volver a vivir en la vida. La sensación de que si la felicidad existe, es lo que acabas de vivir.

Pero la vida sigue adelante con sus subidas y sus bajadas, y nosotros seguimos luchando para superar estas últimas, o al menos para que sean lo más cortas posibles.
Cuando perdí a mi madre, me enfrenté al mayor vacío y la mayor desesperación que he sentido nunca. Pero con el tiempo, el apoyo de mis personas queridas, la vuelta de la fe y el absoluto convencimiento de que en la vida y más allá hay algo más, fui poco a poco recuperando la calma interior que había perdido por completo.
Era primavera y habíamos ido a pasar unos días al pueblo de mi madre, Terrinches (Ciudad Real). Siempre me gustó ir allá pues yo lo llamo el "balneario". Descanso, buena comida, buena gente, paz y campo. Es una mezcla única para levantar los espíritus más alicaidos.
Estábamos caminando por el campo en una preciosa tarde soleada rodeados de cantuesos y jaras en flor, de aromas de tomillo y romero, de múltitud de flores multicolores desconocidas para mí, cuando me aparté del grupo y fui a sentarme en un claro, en mitad de un grupo de encinas y me dejé arrastrar por el canto de los pájaros, por la suave luz del atardecer y el aroma casi insolente de la primavera que estallaba en la variedad de arbustos y flores en todo su esplendor.
En ese momento volví a sentir la Serenidad. Sentí que aquel lugar bendito era sin lugar a dudas el lugar lógico para volver a encontrarla.
Cuando volví a casa escribí lo siguiente:

He traído la verdad

Sin disfraces,

He traído la quietud

Y el solaz,

El abrazo y el beso

Del aire,

El sabor de la serenidad.

El aroma a tomillo

Y cantueso,

El rubí de amapolas

En flor.

Pajarillos cantando

A arrebato, barrenando

Hacia mi corazón.

El pasado presente

En la tierra

Asomándose hacia

El porvenir,

Y la paz palpitando

En las venas

Trascendiendo

El ahora y aquí.

He traído conmigo

Los sueños

Convertidos

En puesta de sol,

Coreados por cantos

De grillos,

Inundados

De vida y color.


Pasados unos meses, volví al mismo lugar. Habían pasado una serie de cosas en mi vida que la habían vuelto a convulsionar y yo estaba deseosa de volver a mi rincón para reencontrarme con la paz. Mientras los demás se quedaban charlando, yo cogí a las tres perras, la mía, la de mi padre y la de mi hermana, y allá que nos fuimos campo a través.
La tarde era placentera, el sol se estaba despidiendo con su beso cálido y el aire era una caricia. Las perras corrían y jugaban entre ellas encantadas de ese contacto con la Naturaleza que tanto echaban de menos. Pero mi alma no se solazaba, mi corazón seguía golpeando mi pecho con ansiedad y mi ánimo no podía levantar la vista del suelo.
¿Qué estaba pasando?
Estaba en el mismo lugar, rodeada de paz, de alegría y del silencio de Dios, pero no estaba hallando una respuesta.
Entonces me dí cuenta. Todo podía ser maravilloso pero si yo no lo recibía como tal, el milagro se perdía. La Serenidad no estaba allí, con todo lo maravilloso que pudiese ser aquel lugar. La Serenidad estaba en mí o no estaba. Si mi corazón estaba sereno, si yo estaba serena, entonces yo era Una con la Serenidad de la Vida, pero no podía encontrar fuera lo que había crecido dentro de mí.
Ese día encontré una de las respuestas más importantes de mi vida, pues una cosa es haber oído determinadas teorías, pero hasta que no lo sientes en tu alma y en tu carne, no lo sabes.
Y yo ahora lo sé.



martes, 9 de diciembre de 2008

Mi cajón de sastre - 2



A vueltas con mis nuevas creaciones, he decidido que ya es momento de compartir otra.

He mencionado en algún momento la palabra serenidad, pero por ahora tan sólo quiero dejar constancia de cómo la he sentido recientemente, a la espera de animarme a hablar más extensamente de ella.
Creo que si hay una sensación en la vida que puede equipararse a la felicidad es la serenidad. Y no acabo de decidir cuál de las dos lleva a la otra, pero sí tengo claro que van de la mano. No podría ser de otro modo.

La serenidad es una sensación de plenitud que, si estuviera presente más a menudo en nuestra vida, haría que las cosas fuesen más sencillas.


¿Puede la serenidad
venir de algún sentimiento
que no sea la bondad,
o del arrepentimiento,
del perdón,
de la esperanza?
Que no es querer resignarse,
que es luchar desde el abrigo
que puede dar la templanza
de ser, no del haber sido.
Sentir la brisa en los sueños,
la paz en las realidades,
sentir que cuando se avanza
se disfruta, se descansa.
Todo está bien y estará
porque lo que nos anima
es nuestra serenidad.




martes, 25 de noviembre de 2008

Esperando la luz - 2



Esta es la segunda entrega de los poemas de mi libro "Esperando la luz".
Cuando escribía el libro, cuando le puse nombre, pensaba que la luz es algo que llega a la vida de las personas. Ni por un momento creí que la luz es algo que podemos crear nosotros, que está en nuestro interior y es lo que podemos ofrecer de nosotros mismos.

Entonces todo lo que no era como yo esperaba, era una tragedia, las tinieblas se abatían sobre mí y el alimento de mis escritos era la desesperación.
¡Con qué pasión tan desgarrada se viven las cosas a los veinte años!
Todo es blanco o es negro. Y por eso, todo lo que no es luz es oscuridad. El tiempo y su sabiduría nos enseñan a apreciar los matices y, quizás es entonces cuando descubrimos la Serenidad. Pero de eso hablaremos otro día.
De momento, dejo aquí unas pinceladas de mis dramas amorosos.

6

Siento que se me ha secado
la fuente del corazón.
Muy grande fue mi pecado:
no atender a la razón.

7

No saber quién te hiere
y quién te mata;
quién, con dulces palabras,
te abandona,
y quién con aprendidas artimañas,
el dueño de tu amor
y su persona,
te arrebata.

Quién al triste destino
te abandona
sin dar un paso en falso
ni con prisa,
y a quién le preocupa
más su persona
que el brillo de tus ojos
y tu risa.

8

Dulce castigo que me sostuviste
noches y días con una esperanza.
Dolor callado que a mi vida diste
fuego de dudas y de confianza.

Hoy que te pierdo, pues de mí te alejas,
sólo quiero pedirte una ventura:
no juegues con mi alma, pues la dejas
perdida en la niebla de la amargura.

Si un día fuiste luz para mis ojos
y fuiste faro para mi camino,
hoy eres la razón de mis enojos,

y en tal manera forjas mi destino,
que en la renuncia que en mi pecho alojo
se halla la estrella que guía mi sino.

.....

¡Ahí queda eso!