Cada beso es una huella que dejamos en la vida. Cada verso es una huella que la vida deja en nosotros.
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lunes, 23 de enero de 2012
El Perdón
Siempre me gustó esta historia. Hoy quería compartirla porque creo que estamos muy necesitados de sentimientos positivos, aunque perdón es más fácil decirlo que hacerlo. Por eso me gusta este texto de Paulo Coelho, porque es una manera de acercarnos al perdón que primero me sorprendió, luego me hizo sonreir y finalmente me dejó ver cómo la serenidad de ánimo nos lleva a la reconciliación con nosotros mismos y con el mundo en que vivimos.
En el día del Yom Kyppur, el rabino Elimelekh de Lisensk llevó a sus discípulos adonde trabajaba un albañil.
-Fijaos en el comportamiento de este hombre –les dijo, -pues él consigue entenderse bien con el Señor.
Sin darse cuenta de que estaba siendo observado, el albañil concluyó sus tareas y se acercó a la ventana. Sacó del bolsillo dos pedazos de papel, y los levantó hacia lo alto, diciendo:
-Señor, en una hoja he escrito la lista de mis pecados. He cometido algunos errores, y no tengo por qué esconder que Te ofendí en varias ocasiones. En el otro papel está la relación de Tus faltas para conmigo. Me exigiste más de lo necesario, me trajiste momentos difíciles, y me hiciste sufrir. Si comparamos las dos listas, estás en deuda conmigo. Pero como hoy es el Día del Perdón, Tú me perdonas, yo te perdono, y continuamos juntos nuestro camino durante un año más.
Paulo Coelho
domingo, 15 de marzo de 2009
Esperando la luz - 7

Hay momentos en los que la esperanza y la serenidad parecen dos cosas muy, muy lejanas...
17
Perdóname, Señor,
porque he perdido
la paz de la mirada
y la alegría.
Perdóname, Señor,
por ser impía,
perdóname
por no haberte temido.
Perdóname
que a veces desfallezca
y, desagradecida,
me rebele.
No quiere eso decir
que no merezca
la fuerza que el amor
donarme puede.
Perdona pues, Señor,
a quien te implora
que le vuelvas
tu rostro tolerante.
Perdona así a tu sierva
que ahora llora,
María Magdalena, suplicante.
Perdóname, Señor,
porque he perdido
la paz de la mirada
y la alegría.
Perdóname, Señor,
por ser impía,
perdóname
por no haberte temido.
Perdóname
que a veces desfallezca
y, desagradecida,
me rebele.
No quiere eso decir
que no merezca
la fuerza que el amor
donarme puede.
Perdona pues, Señor,
a quien te implora
que le vuelvas
tu rostro tolerante.
Perdona así a tu sierva
que ahora llora,
María Magdalena, suplicante.
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